Les lectures de ce dimanche (en Espagnol)

SEGUNDO DOMINGO DE PASCUA A

Los conflictos humanos no tienen una verdadera solución

si no se introduce en ellos la dimensión del perdón.

Florentino Ulibarri

 

PRIMERA LECTURA.

Lectura del libro de los Hechos de los apóstoles 2, 42-47.

Los hermanos perseveraban en la enseñanza de los apóstoles, en la comunión, en la fracción del pan y en las oraciones.

Todo el mundo estaba impresionado y los apóstoles hacían muchos prodigios y signos. Los creyentes vivían todos unidos y tenían todo en común; vendían pose-siones y bienes y los repartían entre todos, según la necesidad de cada uno.

Con perseverancia acudían a diario al templo con un mismo espíritu, partían el pan en las casas y tomaban el alimento con alegría y sencillez de corazón; alaba-ban a Dios y eran bien vistos de todo el pueblo; y día tras día el Señor iba agre-gando a los que se iban salvando.

SALMO RESPONSORIAL. Salmo 117.

Antífona: Dad gracias al Señor porque es bueno, porque es eterna su misericordia.

Diga la casa de Israel: eterna es su misericordia.

Diga la casa de Aarón: eterna es su misericordia.

Digan los que temen al Señor: eterna es su misericordia.

La piedra que desecharon los arquitectos es ahora la piedra angular.

Es el Señor quien lo ha hecho, ha sido un milagro patente.

Éste es el día que hizo el Señor: sea nuestra alegría y nuestro gozo.

Señor, danos la salvación; Señor, danos prosperidad.

Bendito el que viene en nombre del Señor,

os bendecimos desde la casa del Señor; el Señor es Dios, él nos ilumina.

SEGUNDA LECTURA.

Lectura de la primera carta del apóstol San Pedro 1, 3-9.

Bendito sea Dios, Padre de nuestro Señor, Jesucristo, que, por su gran misericor-dia, mediante la resurrección de Jesucristo de entre los muertos, nos ha regene-rado para una esperanza viva; para una herencia incorruptible, intachable e in-marcesible, reservada en el cielo a vosotros, que, mediante la fe, estáis protegi-dos con la fuerza de Dios; para una salvación dispuesta a revelarse en el mo-mento final.

Por ello os alegráis, aunque ahora sea preciso padecer un poco en pruebas diver-sas; así la autenticidad de vuestra fe, más preciosa que el oro, que, aunque es perecedero, se aquilata a fuego, merecerá premio, gloria y honor en la revelación de Jesucristo; sin haberlo visto lo amáis y, sin contemplarlo todavía, creéis en él y así os alegráis con un gozo inefable y radiante, alcanzando así la meta de vues-tra fe: la salvación de vuestras almas.

 

EVANGELIO.

Lectura del santo Evangelio según San Juan 20, 19-31.

Al anochecer de aquel día,

el primero de la semana, estaban los discípulos en una casa, con las puertas cerradas

por miedo a los judíos.

Y en esto entró Jesús, se puso en medio y les dijo:

“Paz a vosotros.”

Y, diciendo esto, les enseñó las manos y el cos-tado. Y los discípulos se llenaron de alegría al ver al Señor. Jesús repitió:

“Paz a vosotros.

Como el Padre me ha enviado, así también os envío yo.”

Y, dicho esto, sopló sobre ellos y les dijo: “Recibid el Espíritu Santo; a quienes les perdonéis los pecados, l

es quedan perdonados; a quienes se los retengáis, les quedan retenidos.”

Tomás, uno de los Doce, llamado el Mellizo, no estaba con ellos cuando vino Jesús.

Y los otros discípulos le decían: “Hemos visto al Señor.”

Pero él les contestó:

“Si no veo en sus manos la señal de los clavos, si no meto el dedo en el agujero de los clavos y no meto la mano en su costado, no lo creo.”

A los ocho días, estaban otra vez dentro los discípulos y Tomás con ellos.

Llegó Jesús, estando cerradas las puertas, se puso en medio y dijo:

“Paz a vosotros.”

Luego dijo a Tomás:

“Trae tu dedo, aquí tienes mis manos; trae tu mano y métela en mi costado;

y no seas incrédulo, sino creyente.”

Contestó Tomás:

“¡Señor mío y Dios mío!”

Jesús le dijo:

“¿Por qué me has visto has creído? Bienaventurados los que crean sin haber visto.”

Muchos otros signos, que no están escritos en este libro, hizo Jesús a la vista de los discípulos. Éstos han sido escritos para que creáis que Jesús es el Mesías, el Hijo de Dios, y para que, creyendo, tengáis vida en su nombre.

 

VIVIR DE SU PRESENCIA

El relato de Juan no puede ser más sugerente e interpelante. Solo cuando ven a Jesús resucitado en medio de ellos, el grupo de discípulos se transforma. Recuperan la paz, desaparecen sus miedos, se llenan de una alegría desconocida, notan el aliento de Jesús sobre ellos y abren las puertas porque se sienten enviados a vivir la misma mi-sión que él había recibido del Padre.

La crisis actual de la Iglesia, sus miedos y su falta de vigor espiritual tienen su origen en un nivel profundo. Con frecuencia, la idea de la resurrección de Jesús y de su pre-sencia en medio de nosotros es más una doctrina pensada y predicada que una expe-riencia vivida.

Cristo resucitado está en el centro de la Iglesia, pero su presencia viva no está arrai-gada en nosotros, no está incorporada a la sustancia de nuestras comunidades, no nutre de ordinario nuestros proyectos. Tras veinte siglos de cristianismo, Jesús no es conocido ni comprendido en su originalidad. No es amado ni seguido como lo fue por sus primeros discípulos y discípulas.

Se nota enseguida cuando un grupo o una comunidad cristiana se siente habitada por esa presencia invisible, pero real y operante, de Cristo resucitado. No se contentan con seguir rutinariamente las directrices que regulan la vida eclesial. Poseen una sen-sibilidad especial para escuchar, buscar, recordar y aplicar el evangelio de Jesús. Son los espacios más sanos y vivos de la Iglesia.

Nada ni nadie nos puede aportar hoy la fuerza, la alegría y la creatividad que necesita-mos para enfrentarnos a una crisis sin precedentes como puede hacerlo la presencia viva de Cristo resucitado. Privados de su vigor espiritual, no saldremos de nuestra pa-sividad casi innata, continuaremos con las puertas cerradas al mundo moderno, segui-remos haciendo «lo mandado», sin alegría ni convicción. ¿Dónde encontraremos la fuerza que necesitamos para recrear y reformar la Iglesia?

Hemos de reaccionar. Necesitamos de Jesús más que nunca. Necesitamos vivir de su presencia viva, recordar en toda ocasión sus criterios y su Espíritu, repensar constan-temente su vida, dejarle ser el inspirador de nuestra acción. Él nos puede transmitir más luz y más fuerza que nadie. Él está en medio de nosotros comunicándonos su paz, su alegría y su Espíritu.

José Antonio Pagola

 

VIVRE DE SA PRÉSENCE

Le récit de Jean ne pourrait être plus suggestif et interpellant. Ce n’est que lorsqu’ils voient Jésus ressuscité parmi eux que le groupe de disciples se transforme. Ils retrouvent la paix, leurs peurs disparaissent, ils sont remplis d’une joie inconnue, ils sentent le souffle de Jésus sur eux et ouvrent les portes parce qu’ils se sentent envoyés pour vivre la même mission que celle que Jésus a reçue du Père.

La crise actuelle de l’Église, ses peurs et son manque de vigueur spirituelle ont leur origine à un niveau profond. Souvent, l’idée de la résurrection de Jésus et de sa présence parmi nous est plus une doctrine pensée et prêchée qu’une expérience vécue.

Le Christ ressuscité est au coeur de l’Église, mais sa présence vivante n’est pas enracinée en nous, elle n’est pas intégrée dans la substance de nos communautés, elle ne nourrit pas habituellement nos projets. Après vingt siècles de christianisme, Jésus n’est ni connu ni compris dans son originalité. Il n’est pas aimé ni suivi comme il l’était par ses premiers disciples.

On remarque immédiatement lorsqu’un groupe ou une communauté chrétienne se sent habité par cette présence invisible, mais réelle et agissante, du Christ ressuscité. Ils ne se contentent pas de suivre routinièrement les directives qui régissent la vie ecclésiale. Ils ont une sensibilité particulière pour écouter, rechercher, se souvenir et mettre en pratique l’Évangile de Jésus. Ce sont les espaces les plus sains et les plus vivants de l’Église.

Rien ni personne ne peut nous apporter aujourd’hui la force, la joie et la créativité dont nous avons besoin pour faire face à une crise sans précédent comme peut le faire la présence vivante du Christ ressuscité. Privés de sa vigueur spirituelle, nous ne sortirons pas de notre passivité presque innée, nous continuerons à fermer nos portes au monde moderne, nous continuerons à faire «ce qu’on nous dit», sans joie ni conviction. Où trouverons-nous la force dont nous avons besoin pour recréer et réformer l’Église?

Nous devons réagir. Nous avons plus que jamais besoin de Jésus. Nous avons besoin de vivre de sa présence vivante, de nous souvenir en toute occasion de ses critères et de son Esprit, de repenser constamment sa vie, de le laisser être l’inspirateur de notre action. Il peut nous transmettre plus de lumière et plus de force que quiconque. Il est au milieu de nous, nous communiquant sa paix, sa joie et son Esprit.

José Antonio Pagola
Traductor: Carlos Orduña