SEPTIMO DOMINGO DE PASCUA A

Ya no voy a estar en el mundo,
pero ellos están en el mundo,
mientras yo voy a ti».
Juan 17, 11
Lectura del libro de los Hechos de los apóstoles 1, 12-14
Después de subir Jesús al cielo, los apóstoles se volvieron a Jerusalén,
desde el monte que llaman de los Olivos, que dista de Jerusalén lo que se
permite caminar en sábado.
Llegados a casa, subieron a la sala, donde se alojaban: Pedro, Juan, Santiago, Andrés, Felipe, Tomás, Bartolomé, Mateo, Santiago el de Alfeo, Simón el Celotes y Judas el de Santiago.
Todos ellos se dedicaban a la oración en común, junto con algunas mujeres, entre ellas María, la madre de Jesús, y con sus hermanos.
Salmo responsorial: Salmo 26, 1. 4. 7-8a (R.: 13)
- Espero gozar de la dicha del Señor en el país de la vida.
El Señor es mi luz y mi salvación, ¿a quién temeré? El Señor es la defensa de mi vida, ¿quién me hará temblar? R
Una cosa pido al Señor,eso buscaré: habitar en la casa del Señor por los días de mi vida; gozar de la dulzura del Señor,contemplando su templo. R.
Escúchame, Señor, que te llamo;ten piedad, respóndeme. Oigo en mi corazón: «Buscad mi rostro». R.
lectura de la primera carta del apóstol san Pedro 4, 13-16
Queridos hermanos:
Estad alegres cuando compartís los padecimientos de Cristo, para que, cuando se manifieste su gloria, reboséis de gozo.
Si os ultrajan por el nombre de Cristo, dichosos vosotros, porque el Espíritu de la gloria, el Espíritu de Dios, reposa sobre vosotros.
Que ninguno de vosotros tenga que sufrir por homicida, ladrón, malhechor o entrometido.
Pero, si sufre por ser cristiano, que no se avergüence, que dé gloria a Dios por este nombre.
Lectura del santo evangelio según san Juan 17, 1-11a
En aquel tiempo, Jesús, levantando los ojos al cielo, dijo:
—«Padre, ha llegado la hora, glorifica a tu Hijo, para que tu Hijo te glorifique y, por el poder que tú le has dado sobre to-da carne, dé la vida eterna a los que le confiaste. Ésta es la vida eterna: que te conoz-can a ti, único Dios verdade-ro, y a tu enviado, Jesucris-to.
Yo te he glorificado sobre la tierra, he coronado la obra que me encomendaste. Y ahora, Padre, glorifícame cerca de ti, con la gloria que yo tenía cerca de ti, antes que el mundo existiese.
He manifestado tu nombre a los hombres que me diste de en me-dio del mundo. Tuyos eran, y tú me los diste, y ellos han guardado tu palabra. Ahora han conocido que todo lo que me diste procede de ti, porque yo les he comunicado las palabras que tú me diste, y ellos las han recibido, y han conocido verdaderamente que yo salí de ti, y han creído que tú me has enviado.
Te ruego por ellos; no ruego por el mundo, sino por éstos que tú me diste, y son tuyos. Sí, todo lo mío es tuyo, y lo tuyo mío; y en ellos he sido glorificado. Ya no voy a estar en el mundo, pero el-los están en el mundo, mientras yo voy a ti».
NO ESTAMOS HUÉRFANOS
Una Iglesia formada por cristianos que se relacionan con un Jesús mal conocido, poco amado y apenas recordado de manera rutinaria es una Iglesia que corre el riesgo de irse extinguiendo. Una comunidad cristiana reunida en torno a un Jesús apagado, que no seduce ni toca los corazones, es una comunidad sin futuro.
En la Iglesia de Jesús necesitamos urgentemente una calidad nueva en nuestra re-lación con él. Necesitamos comunidades cristianas marcadas por la experiencia viva de Jesús. Todos podemos contribuir a que en la Iglesia se le sienta y se le viva a Jesús de manera nueva. Podemos hacer que sea más de Jesús, que viva más unida a él. ¿Cómo?
Juan recrea en su evangelio la despedida de Jesús en la última cena. Los discípulos intuyen que dentro de muy poco les será arrebatado. ¿Qué será de ellos sin Jesús? ¿A quién le seguirán? ¿Dónde alimentarán su esperanza? Jesús les habla con ter-nura especial. Antes de dejarlos quiere hacerles ver cómo podrán vivir unidos a él, incluso después de su muerte.
Antes que nada, ha de quedar grabado en su corazón algo que no han de olvidar jamás: «No os dejaré huérfanos. Volveré». No han de sentirse nunca solos. Jesús les habla de una presencia nueva que los envolverá y les hará vivir, pues los alcan-zará en lo más íntimo de su ser. No los olvidará. Vendrá y estará con ellos.
Jesús no podrá ya ser visto con la luz de este mundo, pero podrá ser captado por sus seguidores con los ojos de la fe. ¿No hemos de cuidar y reavivar mucho más esta presencia de Jesús resucitado en medio de nosotros? ¿Cómo vamos a trabajar por un mundo más humano y una Iglesia más evangélica si no le sentimos a él junto a nosotros?
Jesús les habla de una experiencia nueva que hasta ahora no han conocido sus dis-cípulos, mientras lo seguían por los caminos de Galilea: «Sabréis que yo estoy con mi Padre y vosotros conmigo». Esta es la experiencia básica que sostiene nuestra fe. En el fondo de nuestro corazón cristiano sabemos que Jesús está con el Padre y nosotros estamos con él. Esto lo cambia todo.
Esta experiencia está alimentada por el amor: «Al que me ama… yo también lo ama-ré y me revelaré a él». ¿Es posible seguir a Jesús tomando la cruz cada día sin amarlo y sin sentirnos amados entrañablemente por él? ¿Es posible evitar la deca-dencia del cristianismo sin reavivar este amor? ¿Qué fuerza podrá mover a la Iglesia si lo dejamos apagar? ¿Quién podrá llenar el vacío de Jesús? ¿Quién podrá sustituir su presencia viva en medio de nosotros?
José Antonio Pagola
NOUS NE SOMMES PAS ORPHELINS
Une Église composée de chrétiens qui ont une relation avec un Jésus mal connu, peu aimé et dont on se souvient à peine de manière routinière est une Église qui risque de s’éteindre. Une communauté chrétienne réunie autour d’un Jésus terne, qui ne séduit ni ne touche les coeurs, est une communauté sans avenir.
Dans l’Église de Jésus, nous avons un besoin urgent d’une nouvelle qualité dans notre relation avec lui. Nous avons besoin de communautés chrétiennes marquées par l’expérience vivante de Jésus. Nous pouvons tous contribuer à ce que Jésus soit ressen-ti et vécu d’une manière nouvelle dans l’Église. Nous pouvons la rendre plus de Jésus, plus unie à lui. Comment?
Jean reconstitue dans son évangile les adieux de Jésus lors de la dernière Cène. Les disciples pressentent qu’il leur sera bientôt enlevé. Que deviendront-ils sans Jésus? Qui suivront-ils? Où nourriront-ils leur espérance? Jésus leur parle avec une tendresse particulière. Avant de les quitter, il veut leur montrer comment ils pourront vivre unis à lui, même après sa mort.
Avant tout, ils doivent graver dans leur coeur quelque chose qu’ils ne doivent ja-mais oublier: «Je ne vous laisserai pas orphelins. Je reviendrai». Ils ne doivent jamais se sentir seuls. Jésus leur parle d’une présence nouvelle qui les enveloppera et les fera vivre, car elle les atteindra au plus profond de leur être. Il ne les oubliera pas. Il viendra et sera avec eux.
Jésus ne pourra plus être vu à la lumière de ce monde, mais il pourra être perçu par ses disciples avec les yeux de la foi. Ne devons-nous pas prendre davantage soin et raviver cette présence du Jésus ressuscité parmi nous? Comment allons-nous oeuvrer pour un monde plus humain et une Église plus évangélique si nous ne le sentons pas à nos côtés?
J ésus leur parle d’une expérience nouvelle que ses disciples n’ont pas connue jus-qu’à présent, alors qu’ils le suivaient sur les chemins de Galilée: «Vous saurez que je suis avec mon Père et que vous êtes avec moi». C’est l’expérience fondamentale qui soutient notre foi. Au fond de notre coeur chrétien, nous savons que Jésus est avec le Père et que nous sommes avec lui. Cela change tout.
Cette expérience est nourrie par l’amour: «Celui qui m’aime… je l’aimerai aussi et je me révélerai à lui». Est-il possible de suivre Jésus en prenant chaque jour sa croix sans l’aimer et sans se sentir profondément aimé par lui? Est-il possible d’éviter le déclin du christianisme sans raviver cet amour? Quelle force pourra animer l’Église si nous lais-sons cet amour s’éteindre? Qui pourra combler le vide laissé par Jésus? Qui pourra rem-placer sa présence vivante parmi nous?
José Antonio Pagola
Traductor: Carlos Orduña